Es muy común sentir frustración cuando notamos que nuestras relaciones de pareja o amistad siguen un guion repetitivo: siempre me siento abandonado/a, siempre siento que me asfixian, o siempre termino cuidando a los demás y olvidándome de mí.
Esto tiene una explicación en la Teoría del Apego. Durante nuestros primeros años de vida, aprendemos qué esperar de los demás basándonos en cómo nos cuidaron nuestras figuras principales. Aprendimos si podíamos confiar, si nuestras necesidades importaban, o si teníamos que esforzarnos mucho para ser vistos. Esos aprendizajes se graban como «mapas» internos que usamos para navegar las relaciones adultas.
Si aprendí que el amor es impredecible, es probable que de adulto sienta mucha ansiedad ante la distancia. Si aprendí que la intimidad es peligrosa, es probable que tienda a alejarme cuando alguien se acerca mucho.
Trabajar el apego y el trauma no es culpar a nuestros padres. Es hacer conscientes esos mapas invisibles. La buena noticia es que el apego no es una sentencia fija. A través del vínculo seguro en terapia, podemos generar nuevas experiencias correctivas y aprender formas más sanas, libres y tranquilas de relacionarnos.


