Vivimos en una sociedad que nos vende la autoexigencia como el motor del éxito. Creemos que si no somos duros con nosotros mismos, nos volveremos vagos o mediocres. Sin embargo, en el ámbito de la salud mental, la autocrítica feroz es el mayor obstáculo para la sanación.
Imagina a un niño que se ha caído y llora. ¿Le ayudaría que le gritaran «¡Levántate, eres un torpe!»? Probablemente solo aumentaría su miedo y su dolor. Sin embargo, muchas veces ese es el diálogo interno que mantenemos con nosotros mismos cuando cometemos un error o nos sentimos mal.
La autocompasión no es lástima por uno mismo, ni es debilidad. Es la capacidad de tratarnos con la misma amabilidad, cuidado y apoyo con la que trataríamos a un buen amigo que está sufriendo.
En terapia trabajamos para identificar esa «voz crítica» interior y empezar a cultivar una «voz cuidadora». Porque solo cuando nos sentimos seguros y aceptados (también por nosotros mismos) tenemos la energía necesaria para crecer, cambiar y mejorar.

