A menudo llegan a consulta personas cargando una mochila doble: la del propio sufrimiento y la de la culpa por sufrir. Frases como «debería estar bien», «no es para tanto» o «hay algo mal en mí» son habituales. Sin embargo, quiero decirte algo fundamental: no estás roto/a.
Lo que llamamos «síntomas» (ansiedad, bloqueo, insomnio, irritabilidad) rara vez son fallos de tu personalidad. En realidad, son respuestas de supervivencia. Tu sistema nervioso aprendió, en algún momento de tu historia, que para mantenerse a salvo necesitaba activar esas defensas. Quizás aprendiste a estar siempre alerta para anticipar el peligro, o a desconectarte para no sentir el dolor.
Esos mecanismos fueron útiles e inteligentes en el pasado; te ayudaron a sobrevivir. El problema es que hoy, en el presente, siguen activos aunque el peligro ya haya pasado.
En terapia, no buscamos «arrancar» esa parte de ti ni luchar contra ella. Buscamos entenderla. Cuando comprendes que tu dolor tiene sentido dentro de tu historia, la culpa empieza a disolverse. Y solo desde esa comprensión compasiva podemos decirle a tu sistema nervioso: «Gracias por protegerme tanto tiempo, pero ya estamos a salvo. Podemos bajar la guardia».


